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Un barrio hidropónico
Margarita Aguirre es una convencida cultivadora de la hidroponía. Margarita
forma parte del numeroso equipo de incrédulos que se convencieron cuando vieron.
Al principio creía que eso de cultivar en cajas no podía ser pero ahora, además
de la huerta que tiene en su casa, para su consumo y para la venta, mantiene la
huerta comunal, con la que se financian los costos básicos de la CUP.
En la CUP se ofrecen a los hortelanos hidropónicos: semillas o plantitas
pequeñas para el trasplante si no quieren trabajar con semillas, se les vende el
nutriente, y también se les facilitan créditos para iniciar, ampliar o reparar
la infraestructura de la huerta.
Rebeca Marley es una joven costeña que llegó a la CUP a comprar un galón de
nutriente para sus cultivos. Como otros vecinos del barrio, Rebeca vende su
producción en el supermercado. Al principio tampoco creía en la hidroponía, pero
los hechos la convencieron. Ahora no sólo cultiva ella y su familia en su casa,
sino que se ha acordado de su patria chica, Bluefields, una ciudad sitiada entre
el mar Caribe y la selva, donde no se puede cultivar casi nada y todo hay que
llevarlo por aire o por barco a precios prohibitivos. Si la hidroponía cuaja en
Bluefields, sería una solución. Una tía de Rebeca viajará proximamente allí para
convencer a sus vecinos con el ejemplo.
El "René Cisneros" podría calificarse como un "barrio hidropónico". Hasta en
la pequeña escuelita, una parte del patio de recreo está cubierta por "camas"
hidropónicas, donde los niños realizan experimentos y aprenden a cultivar. Son
varios los alumnos que demuestran interés por la hidroponía y la Directora, Dora
Cano, cree que de entre ellos varios pueden tener una sólida vocación agrícola.
"De las que tanta falta hacen en este país", dice. Todo el producto agrícola del
barrio se comercializa y facilita la vida de los vecinos. Se calcula que con 10
metros cuadrados de huerta hidropónica se pueden obtener 100 dólares de ganancia
mensuales. Aunque puede parecer una cantidad irrelevante, en Nicaragua marca la
diferencia entre comer y no comer. Y ésa es una diferencia relevante.
En el barrio, quien se ocupa de la comercialización de todo el producto es
Felipa Rojas, que también se permite hacer investigaciones científicas. Mediante
el sistema de la hidroponía Felipa ha logrado cultivar plantas ornamentales y
también árbolitos, que cuida durante las primeras etapas de su desarrollo para
después trasplantarlos a la tierra, donde crecen más resistentes. También está
intentando desarrollar cultivos hidropónicos en el suelo para obtener semillas
de especies interesantes.
La hidroponía llegó a la vida de Felipa Rojas cuando ya había cumplido 60
años y fue para ella como un renacer. Sin marido, con los hijos grandes y lejos,
su vida se había convertido en un triste rebatirse para conseguir un bocado de
comida cada día. Hasta que descubrió el secreto del cultivo sin tierra.
Ahora, además de comercializar el producto de sus vecinos lo que la convierte
en alguien importante en el barrio es una experta que ha sido invitada a otras
comunidades para explicar sus experiencias. Goza de una absoluta independencia
económica. Y mira el futuro con confianza. Porque sabe que aunque llegue a ser
muy vieja, con pocas fuerzas, podrá continuar cultivando su huerta.
"Eso es lo más importante de la hidroponía afirma César Marulanda . Su
capacidad de transformar la vida, de devolver la confianza en sí mismas a las
personas. De hacerles sentir hasta qué punto son importantes".
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