La hidroponía llegó a América Latina durante la década de los 70. Al
principio, también se utilizó para comercializar vegetales según estos criterios
de lujo. Pero lo que da de comer no puede permanecer largo tiempo al margen de
los que tienen hambre. A mediados de los 80 empezó a popularizarse entre los más
pobres de entre los pobres. La hidroponía llegó a los cerros y barrios
miserables que rodean las grandes ciudades latinoamericanas, donde se agolpan
los millones de campesinos que fueron expulsados de sus tierras por la
Revolución Verde y por todo tipo de contrarrevoluciones político sociales.
El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) impulsó los
cultivos hidropónicos para satisfacer las necesidades alimentarias de los más
pobres de las ciudades y ofrecerles una alternativa de actividad económica. La
hidroponía, después de nacer en cuna de oro, optó por los pobres. Después de
cosechar notables éxitos en Chile, Venezuela y Colombia, entre otros países, los
cultivos hidropónicos llegaron a Nicaragua en 1993 de la mano de César
Marulanda, un técnico del PNUD que desde hace más de diez años se ha dedicado a
ellos en su Colombia natal, y en otros países latinoamericanos.
Su primera experiencia en Nicaragua fue desalentadora. Las personas más
necesitadas de cultivar vegetales mediante el sistema hidropónico se negaban a
intentarlo. "Pero, ¿usted se da cuenta de cuánta tierra tenemos en Nicaragua? le
preguntaban al técnico ¿Para qué vamos a meternos a cultivos sin tierra, si
tierra es lo que nos sobra en este país?". Marulanda respondía: "Es cierto, pero
¿cuánta de esa tierra es de usted?". A esta pregunta no había respuesta, porque
sus interlocutores eran siempre muy pobres. Tras las explicaciones técnicas
sobre la hidroponía, el escepticismo aumentó. Cuando Marulanda dejó Nicaragua
para cumplir un prolongado compromiso de trabajo en otro país, se fue convencido
de que el cultivo hidropónico tenía muchas posibilidades, pero que convencer a
los futuros cultivadores no sería un trabajo fácil. En marzo de 1993 regresó y
volvió a poner manos a la obra. A pesar de su incredulidad, algunos pobladores
de asentamientos espontáneos de Managua, decidieron intentarlo, aunque no fuese
más que por complacer a ese señor "tan gente". Después, fue enorme su sorpresa
cuando vieron crecer y desarrollarse en sus patios hermosas hortalizas que
sabían a gloria.
Las "camas" para los cultivos
La hidroponía es el cultivo de plantas en soluciones acuosas poniendo o no en
ella un soporte de gransa y arena, dependiendo de la especie vegetal. Por este
procedimiento, los rendimientos se multiplican, pues prácticamente no se pierde
una semilla. Se calcula que entre el 85 90% de las semillas se convierten en
producto comercializable y se acorta radicalmente el tiempo de cultivo. Las
lechugas, por ejemplo, están listas en sólo un mes.
Hay muchas formas de desarrollar la hidroponía. En los países
industrializados, con grandes medios y muchas inversiones, los vegetales
hidropónicos se cultivan en invernaderos en los que la concentración de los
elementos básicos del nutriente varía en función de la especie vegetal de que se
trate, de la época del año y del color y aspecto que se quiera dar al producto
final para satisfacer la demanda de un mercado muy exigente. La luminosidad, la
humedad y la temperatura se controlan electrónicamente y no hay peligro de
invasiones parasitarias porque los invernaderos mantienen una asepsia superior a
la de cualquier quirófano tercermundista. En estas condiciones, los rendimientos
son impresionantes. Y las inversiones también. En América Latina, los marginados
no tienen la capacidad de montar algo tan complejo y sofisticado, pero a cambio
disponen de un sol impetuoso que suple cualquier carencia. Fiel a su opción por
los pobres, la hidroponía latinoamericana necesita de muy poca infraestructura,
que puede construirse a partir de materiales de desecho.
Los cultivos se realizan en las llamadas "camas": mesas de altura adecuada a
la conveniencia del hortelano. No son mesas normales: su superficie no tiene que
ser una tabla continua, sino reglas paralelas, que tienen que estar rodeadas con
una barandita de unos 10 centímetros o media cuarta de altura. Las "camas"
pueden hacerse con restos de madera, con tablas viejas. Una "cama" perfecta se
hace con los soportes de madera para las "mulitas" mecánicas de carga que se
desechan. También pueden hacerse "camas" en mitad de llantas viejas o en cajas
de madera para embalaje arregladas a la profundidad adecuada. Casi todo sirve,
pero siempre conviene que haya alguna distancia entre el suelo y la "cama" que
permita la ventilación y evite que los animales domésticos dañen los cultivos.