Muchos pobres de nuestras ciudades han descubierto el secreto de cultivar sin
tierra. Y esto ha transformado sus vidas. La hidroponía es una alternativa
económica y también humana. Raquel Fernández
Felipa Rojas ha logrado ser dueña de su destino. Aunque la vida no ha sido
especialmente generosa con ella, ahora que avanza su animosa madurez ha
encontrado en la hidroponía popular una fuente estable de ingresos. El pequeño
patio de su casa se ha transformado en huerta donde cultiva lechugas, albahaca,
apio y otros vegetales que alcanzan buenos precios en los mercados,
especialmente porque no contienen ningún residuo de insecticidas. En Nicaragua,
quienes se dedican a la hidroponía son en su mayoría mujeres.
¿De qué elementos se nutre una planta?
La hidroponía nació en un lugar insólito: en los laboratorios de
investigación de una Universidad. A finales del siglo XIX, se iniciaron en las
universidades alemanas investigaciones para conocer de qué se nutren las plantas
para crecer y para alcanzar enormes dimensiones en ciertas especies.
Lo que se sabía hasta ese momento era que con agua, tierra y sol, los
vegetales tenían suficiente para crecer fuertes y lozanos, pero los científicos
se empezaban a preguntar cuáles eran los nutrientes específicos que necesita una
planta. No fue sólo una curiosidad científica o un pasatiempo para estudiosos
desocupados. La consecuencia de estas investigaciones fue la Revolución Verde,
de tan amargas consecuencias. Porque cuando se supo qué es lo que necesita una
planta para crecer mucho y de prisa, se intentó "cebarla", como se hace con un
cerdo, sin dejar crecer a su alrededor nada más que la planta cuyo cultivo
interesaba desde el punto de vista económico. Así la tierra se empobreció mucho
y de prisa. Pero para llegar a esta situación de crisis en los suelos pasaron
algunos años y se dieron muchos pasos.
El primer paso de los científicos fue descubrir que todas las plantas sea
cual sea su tamaño o variedad se nutren fundamentalmente y en grandes cantidades
de los mismos tres elementos: fósforo, potasio y nitrógeno. En cantidades
menores, pero siempre importantes, consumen otros tres elementos: azufre, calcio
y magnesio. En pequeñas cantidades, y de forma similar a como los seres humanos
necesitamos las vitaminas, requieren de ocho productos más: zinc, manganeso,
cobre, boro, hierro, molibdeno, cloro y cobalto.
Una tierra que contenga todos estos elementos es una buena tierra para
cualquier cultivo. Pero esa tierra no existe en la Naturaleza. Las
investigaciones teóricas sobre las plantas continuaron pero el cultivo en
laboratorio, sin tierra, la hidroponía , se arrumbó por antieconómico. La
Segunda Guerra Mundial hizo que los cultivos hidropónicos volvieran a ser
considerados. Para enfrentar al Imperio Nipón, los Aliados se vieron forzados a
mantener guarniciones en pequeños islotes del Indico y del Pacífico sur, donde
no hay casi tierra cultivable. Transportar vegetales frescos a los soldados para
que evitaran la enfermedad del escorbuto era caro y peligroso. Las casi
olvidadas y empolvadas informaciones sobre la hidroponía ofrecieron una
alternativa eficaz.
Al firmarse la paz, los cultivos hidropónicos florecieron en las grandes
ciudades europeas, estadounidenses y japonesas, especialmente para ofrecer
frutas y vegetales fuera de temporada, cuando la nieve cubría las calles:
melones, sandías, pimentones, pepinos, lechugas, tomates. En gigantescos
invernaderos la hidroponía, ofrecía lujos a los más pudientes.